Recent Posts

22 noviembre, 2009

Tula

La tía Tula no se llamaba realmente Tula, y nunca se había llamado así. La tía Tula ni siquiera era su tía, ni familiar de nadie que hubiera puesto un pie en el pueblo en ninguna otra ocasión. Julia siempre lo supo, que no era su tía, pero le dio igual. Sus primeros recuerdos databan de cuando tenía seis o siete años, así que si de ella dependía, era tan tía suya como cualquiera de las que iban a verla tres veces al año (quien sabe, quizás incluso con más derecho).

Lo de que aquel nombre era falso tardó más tiempo en saberlo. No fue hasta bien entrada la adolescencia, cuando llegó a sus manos un libro con el mismo nombre. Al principio sintió curiosidad al leer un libro que llevaba el nombre de su tía. Luego lo dedujo, cuando ya lo había leído, bebiendo de cada palabra (y amando cada sílaba). Dedujo que no se llamaba Tula. Que nunca había sido así y que la había mentido. Quizás debería haberse enfadado, pero era imposible enfadarse con alguien como ella.

Tula era muchas cosas, y pocas de ellas se podían describir con palabras. Julia podía recordarla de muchas formas, desde bailando con una falda larga y el pelo cubierto de flores, hasta cantando en pijama delante de la puerta de su casa cuando el sol apenas estaba saliendo. Podía rememorar mil imágenes, pero todas ellas la dejaban con una enorme sonrisa en la boca.

Cuando Julia cumplió la mayoría de edad ya hacía algunos años que no había vuelto a ver a la tía Tula, quien no estuvo con ellas gran tiempo. Aunque más justo sería decir que fue ella quien se fue prematuramente. Y aún así, el día que entró a la librería por primera vez, cerrando los ojos y aspirando ese aroma especial que sólo había encontrado en sitios como aquel, sólo pudo pensar en ella.

La librería había sido idea de su madre, que siempre había soñado con algo como aquello. Solía contar que ya lo había intentado cuando era más joven, pero que su padre le había quitado la idea de la cabeza, así que cuando se lo dijo a ella, después del divorcio, después de muchas lágrimas y discusiones y situaciones que ella hubiera preferido no tener que presenciar, no pudo decirle que fuera una mala idea. Tampoco lo pensaba.

Así que se habían lanzado a la aventura. “Esto es lo que necesitamos, Julia, una vida nueva”, había dicho su madre, y ella no había sido capaz de llevarle la contraria.

La librería era un local pequeño, en el centro de la ciudad, unos unos treinta centímetros por debajo del nivel de la calle. Los escalones de la entrada eran peligrosos y las paredes estaban cubiertas de madera hasta el techo. Su madre sonreía mientras miraba alrededor y le pedía su opinión. Quizás ella tenía que haber dicho como papá (“con una librería os moriréis de hambre”), pero en lugar de eso, sonrió tanto como ella y paseó su vista sobre los estantes repletos de libros y más libros.

Durante un segundo recordó las historias que Tula le contaba. Recordó como la sentaba sobre sus rodillas para hablarle de caballeros que nunca habían sido caballeros, pero que desenvainaban la espada para luchar contra enemigos invisibles. O de damas que se cansaban de esperar en lo alto de sus torres y arremetían con sus lanzas contra los temibles ogros que las mantenían encerradas. A veces eran historias de chicos que conocían a chicas y les cantaban canciones de amor al oído, y a veces eran las chicas las que les susurraban palabras de amor.

Durante un segundo fue como volver a tener siete años y estar en el pueblo, con Tula y con Aurora y con Fátima, cantando aquellas canciones y jugando entre los arbustos. Así que cuando su madre volvió a preguntarle si aquel lugar le gustaba, ella sólo pudo decir que sí, que nunca había soñado un lugar mejor y que podría pasar allí el resto de su vida.

Y la verdad sea dicha, Julia nunca había sido tan sincera en toda su vida.

(Fragmento de algo que, tal vez, si los planetas se alinean para ello y el apocalipsis está muy, muy cerca, se convertirá en una novela.)

07 noviembre, 2009

Lina no quiere ser mayor

(Emo y creepy podrían definir este relato perfectamente. Tan alejado de lo que suelo escribir, y ni siquiera sé de dónde ha salido.)

Lina no quiere ser mayor. Quiere ser Peter Pan, pero sin mallas verdes. Tampoco le interesa volar, porque con lo torpe que es seguro que se chocaría contra las farolas y, siendo sinceros, eso no es del agrado de nadie. Lina nació hace ocho años en alguna parte de Estados Unidos. No sabe dónde y su madre nunca se lo ha dicho. Dice que no se acuerda, que iba demasiado borracha. Tampoco se acuerda de su padre, pero a Lina eso le importa menos porque ahí está Marcos para solucionarlo todo. No es que Marcos pueda pasar por su padre, pero interpreta bastante bien el papel de hermano mayor y con eso le basta.

Lina no quiere ser mayor porque lo que ve alrededor la asusta. Como el día que se encontró a su madre durmiendo sobre uno de los gnomos del jardín. Se preguntó si se había caído, hasta que alguien le dijo que no, que su mamá había bebido tanto que no había podido alcanzar siquiera la puerta de su casa. Ése fue el día que lo decidió. Que no quería ser mayor y que odiaba ser consciente de cosas que sus compañeros de clase ni siquiera alcanzaban a vislumbrar. Porque ellos nunca se habían tropezado con su madre en el recibidor ni habían visto como su hermana mayor se cortaba y dejaba que los hilos de sangre se derramaran mientras los observaba hipnotizada.

Lina no quiere ser mayor porque un día escuchó al psicólogo del colegio decir que los niños tienden a imitar los patrones a su alrededor. Y el día que entendió esas palabras, supo que de mayor iba a ser ella quien durmiera en el recibidor y se cortara las muñecas para ver la sangre caer, como si aquello fuera una obra de arte y no algo terrible y aterrador. Que ella también odiaría a sus hijas y gritaría a pleno pulmón y a altas horas de la madrugada que tirarse a aquellos hippies yankees fueron los dos mayores errores de su vida.

Lina no quiere ser mayor y nunca lo será, porque ha decidido que, cuando se acerque demasiado a esa edad horrible, hará como el gato de Marcos y cruzará la carretera cuando no debe. Y a partir de ese día, ya no tendrá nada que temer.

02 noviembre, 2009

Welcome to the jungle... again

Desaparecí sin dejar rastro, como tienden a hacer los personajes de mis historias. No di explicaciones, y quizás eso también lo haya aprendido de ellos. Por una cosa u otra, mi blog ha quedado muerto durante más de dos meses, y esas causas no son otras que la universidad. Aclimatarse, conocer gente, pelearte con los primeros trabajos, conocer el auténtico significado de las llamadas juergas universitarias y descubrir que en tu residencia no hay internet, por lo que ni siquiera puedes venir a dejar un mísero 'hey, tardaré algún tiempo en volver'. Pero ése tiempo ha pasado y yo he vuelto, me hayáis echado de menos o no.

De momento aún voy a tardar en volver totalmente, pero ya ando por aquí. Este mes me he decidido a participar en el NaNoWriMo, así que si alguien de por aquí está participando, puede agregarme a buddies tal que aquí (aunque nunca he entendido por qué hacerlo. Quiero decir, ¿para que te den envidia porque ellos van al día y tú eres un desastre? Pero, hey, no seré yo quien me queje, mi orgullo herido escribe mucho más que yo). Eso significa que en teoría voy a escribir mucho de esa historia y quizás algo menos aquí. En la práctica, significa que vendré a machacar con los personajes de esa historia con la esperanza de que, creando aquí sus bocetos, serán personajes de verdad, y no bidimensionales, y que la historia tendrá algún interés en lugar de mil similitudes con una clase particularmente aburrida. Pero ya veremos quién gana esta vez, si la teoría o la práctica.

Y eso es todo. Dar señales de vida y decir que, efectivamente, he vuelto, y para quedarme.

21 agosto, 2009

Dos meses, tres semanas y tres días


Dos meses, tres semanas y tres días y dirías que ya tenía que haber pasado un poco todo, pero la tormenta sigue ahí. Sigue dondequiera que vayas, como un aviso constante, un te estamos vigilando así que cuidado con lo que haces. A veces caminas calle abajo con su cazadora sobre los hombros, cojeando, y de repente, lo sientes. Estás demasiado familiarizada con ello como para no identificar ese escalofrío recorriéndote de arriba abajo, ese pequeño cosquilleo en la nuca. Pero cuando te giras, las esquinas están desiertas, y no hay ningún coche negro de ventanillas aún más negras siguiéndote de cerca.


Otras veces vas en el coche. Un volvo plateado, enorme, regalo de papá y mamá por la vuelta a casa de la niña de sus ojos. Llevas una de esas camisas con precios de tres cifras y un bolso enorme para unas pocas monedas, unas gafas de sol que no vas a usar y las llaves de una casa que hacía mucho tiempo que no pisabas. Y en el asiento de atrás, su cazadora, ésa que siempre te acompaña y que de algún modo sabes que siempre lo hará. Como un recordatorio, porque aún huele a él y si la miras más de dos segundos, podrías imaginarle con la cazadora puesta.

Han pasado ochenta y cinco días, y te dices que quizás tengan que pasar otros ochenta y cinco para que la tormenta se vaya, las nubes grises huyan y los acosadores imaginarios de las esquinas desiertas vuelvan a desaparecer. Para que tú puedas volver a sentarte junto al fuego en el salón de tu enorme casa (que a veces es más castillo helado y desierto que hogar acogedor), escuchando los villancicos de tus hermanos pequeños y abrazando a tus abuelos, mientras tu padre te habla de la próxima matrícula de la universidad, tu hermana gruñe incansablemente sobre lo estúpido que es no poder salir en Navidad y tu madre saca la cena de navidad del horno.

Pero cuando pasan esos ochenta y cinco días, mientras tu familia llega a casa para celebrar la navidad y tus hermanos entonan las primeras notas de unos villancicos que ya sabes que vas a odiar, oyes los retazos de una conversación que parece de otra época y casi se te humedecen los ojos. Y recuerdas cosas que preferías no recordar, porque todo sería más difícil si no lo hicieras.

Recuerdas la primera vez que le viste, con su cazadora, su pose de voy a comerme el mundo y el cigarro en los labios. Recuerdas que iba con amigos, que hablaban en voz muy alta y bebían cerveza a la salida de tu instituto y que tu madre te hizo acelerar el paso. Pensaste que lo hacías porque eran esa clase de chicos de los que te había estado avisando durante los anteriores quince años de tu vida. La clase de chicos de los que tenías que mantenerte alejada porque nunca traían nada bueno.

Lo viste más tarde. Un par de veces aquel verano. Y lo volviste a ver el verano siguiente. Y él te volvió a mirar como había hecho las tres veces anteriores, sólo que algo diferente. Tú levantaste la cabeza y te subiste un poco la falda, sin mucho disimulo. Tus amigas lo captaron y se rieron y dos días después descubristeis que era sobrino de un vecino y volvisteis a tener otro ataque de risa. Y todo acabó en una noche a finales de verano. Alguien te invitó a tequila, y tú tomaste los tres primeros tragos de tu vida, buscando en el fondo de aquellos vasos un poco de ese valor que no habías encontrado en dieciséis años de vida.

Por fin algo que no recuerdas, aunque no estás muy orgullosa de no hacerlo. Lo siguiente que recuerdas es la mañana siguiente, una cama desconocida y, por fortuna, toda la ropa puesta. Te despertó el sonido de tu móvil, pero lo que terminó de despejarte fueron los gritos histéricos de tu madre desde el otro lado. Fuera en el salón estaban tus amigas y un grupo de chicos y él y tú te sonrojaste, pensando sólo en el aspecto de tu pelo y en la cara que tendrías recién levantada. Él te miró y te sentiste un poco desnuda, pero también un poco más segura. Aquel día te importó poco el castigo de tu madre, pero te importó un poco más que por culpa de aquel castigo, sólo pudiste verle otro par de tardes aquel agosto.

Por suerte (o desgracia, diría tu madre) para ti, volvió. Y no tuviste que esperar al verano siguiente, porque sus visitas fueron cada vez más habituales y tú recuerdas cada momento. La primera vez que le besaste (sobria), la primera vez que te montó en su coche (corriendo más de lo que tú correrás nunca con tu Volvo), la primera vez que entraste en su casa (con paredes cubiertas de papel pasado de moda y enormes estanterías repletas de discos antiguos y aquel olor a antiguo que se te hacía ligeramente acogedor), la primera vez que saliste de fiesta con él y sus amigos y aparecisteis tres días más tarde tú ya no recuerdas donde (o quizás no quieras recordar).

Claro que también recuerdas las discusiones con tu madre, los gritos de tu padre, la envidia de tu hermana, que creía que tenías la libertad que ella quería tener y el continuo sentimiento de que antes o después todo aquello se iba a romper. Pero eso te dio un poco igual el día que cogiste tus cosas, pasaste delante de ellos como una exhalación y cerraste la puerta tras de ti. Hacía frío y tú estabas llorando, la inscripción a la universidad seguía sobre la mesa de la cocina, en blanco, y en algún lugar de la casa, tu madre no sabía si llorar o insultarte.

Ahora, mientras oyes esa conversación de tu madre que preferirías no escuchar, te acuerdas de todo. De lo bueno, de lo malo y de lo peor. Miras al calendario y de pronto vuelve a golpearte el sentimiento de culpa. No por haberte ido, sino por haber vuelto. Llevas unas semanas de vuelta a casa y todo parece una enorme broma. Todos asienten aliviados, pagados de sí mismos porque al final la pequeña niña se dio cuenta de que ellos llevaban razón y volverá a la universidad y olvidará por fin al chico malo que la mantuvo lejos de allí.

Tú te odias un poco, y le odias un poco a él, y luego sientes que le traicionaste pero limpias tu conciencia porque, eh, él lo hizo antes. Acabas riéndote de ti misma, por eso de ser la chica buena que luego fue mala pero no tuvo valor suficiente para seguir siéndolo y acabó volviendo a casa. A la casa de sus papás, a su habitación rosada llena de peluches y con banderitas de la universidad de los sueños de su madre (nunca de los propios). Te sientas en el borde, y te imaginas saliendo de la casa a hurtadillas, cogiendo el coche y volviendo con él. Imaginas un reencuentro épico y un final feliz en el que no importen (como nunca lo hicieron los pasados años) las facturas sin pagar y un par de problemas con la justicia.

Es entonces cuando entra tu hermana, con una sonrisa radiante y diciendo algo sobre presentarte a alguien y más o menos es ese el momento en el que sabes que aquella noche usaste todo el valor que te quedaba y que ya no queda mucho más. Así que cierras los ojos, te tragas las lágrimas y sonríes y te levantas para seguirla. Porque, al fin y al cabo, quién sabe, quizás ellos tenían razón y tú no estabas hecha para esa vida ni para él. Quizás tú tengas que hacer lo que dicen tus padres y quizás dentro de diez años te cases con un médico y tengas tres hijos preciosos, vivas en una casa enorme y tengas tres coches, y ese día pasarás delante de aquellas pequeñas casas del barrio donde viviste solo cuatro años de una larga vida y le verás, y ya todo habrá pasado. Ya no te acordarás de su sonrisa, ni añorarás incluso los peores momentos, cuando ambos volvíais a altas horas de la madrugada, algo ebrios y él con los labios sangrando por una pelea en la que a lo mejor no debería haberse metido. Porque quizás algún día pasarás página y todo será más fácil.

Pero de momento, acaricias levemente su cazadora antes de salir de la habitación y la cuelgas detrás de la puerta, evocando su olor y su imagen, y si tienes que ser sincera contigo misma, no te arrepientes de nada.

20 agosto, 2009

Sueño profundo, de Banana Yoshimoto

¿Lo peor del verano en relación con la lectura? Que devoras un libro tras otro y acabas olvidándote de reseñarlos o comentarlos. Como tampoco es una tarea a la que haya consagrado mi vida, de los cinco libros que debería reseñar sólo reseñaré tres, que son los que más me han gustado. El primero es este, Sueño profundo, de Banana Yoshimoto. Fue una recomendación. Mientras decidía qué libro de Murakami debería leer para el club de lectura, me quejé en twitter de que solía tener problemas con los autores asiáticos. Tienden a aburrirme, dije, y una amiga salió al rescate. Es bibliotecaria, así que muchos libros pasan por sus manos. Me dijo que Banana Yoshimoto podría gustarme, así que a la mañana siguiente me presenté en la biblioteca y busqué todos los libros de Yoshimoto que tuvieran. Al final opté por este, porque el otro era Amrita y era más gordo. Si no me gustaba, iba a costarme más terminarlo. En fin, todo ha acabado en que tengo que reconocer que quizás no sean todos los autores asiáticos, sino los autores y libros que he leído hasta ahora, porque Sueño profundo me ha dejado bastante satisfecha.

Sueño profundo es en realidad una recopilación de tres relatos de su autora. Los tres relatos están protagonizados por personajes similares: mujeres jóvenes que atraviesan una situación difícil y cuyas vidas parecen desmoronarse a su alrededor. Terako protagoniza el relato que da nombre al libro y su historia es la de una mujer enamorada de un hombre que no puede comprometerse, lo que la lleva a una soledad antes desconocida para ella. Shibami recuerda la muerte de un ser querido, explorando la huella que su muerte dejó en los de su alrededor. Fumi-chan recurre a la bebida en la última historia, viviendo una extraña situación cuando una extraña melodía empieza a hacer acto de presencia en cada momento de embriaguez.

Son relatos cortos, bien escritos, que no dan muchos rodeos y se limitan a contar su pequeña historia, sin alardes de genialidad. Son historias sencillas de mujeres cuyos mundos parecen estar desmoronándose y que no saben cómo enfrentarse a ello. Están escritos en primera persona y es una de esas veces que funciona perfectamente, porque difícilmente podría expresarse de igual manera el sentimiento de hastío y tristeza que embarga a las protagonistas de otra manera. Si le veo algún problema, es quizás que las mujeres siguen todas un patrón demasiado similar unas de otras.

Aún así, ha sido una lectura que he disfrutado mucho y que recomiendo altamente. Ya puedo decir que es probable que encontréis más reseñas sobre libros de Banana Yoshimoto por aquí.

16 agosto, 2009

I love your glasses

Es cierto que no tengo un gusto definido para la música, y que mientras no me hables de rap o 'reggaeton' (o como quiera que se escriba, que ni lo sé ni me interesa), cualquier cosa tiene posibilidades de que me guste. También es cierto que mi gran amor siempre será el rock, sobre todo si ha sido cocinado en los 80, o en general la música de los 60-70-80. Pero además me gustan Nirvana, The Killers o Muse, mucho más reciente y que se encuentran entre mis grupos favoritos. Sin contar el jazz. Oh, el jazz.

Hay tantos tipos de música, tantos artistas tan diferentes (y también artistas tan iguales) hoy día que siempre puedes encontrar algo que te gusta en todos los géneros. Siempre he dicho que yo, fuera del rock, soy una chica de voces, de letras, de melodías que se me meten en la cabeza y no quieren salir. No de géneros. así que hoy vengo a compartir mi último descubrimiento. Se llama Russian Red, y es una madrileña que canta en inglés, y canta unas canciones preciosas.





Me la ha recomendado una buena amiga y la verdad es que he necesitado dos canciones para confesarme adicta a su música. Aparte de lo bonitas que son las canciones, no sé qué me ha gustado más, si el nombre (Russian Red), el nombre del disco (I love your glasses) o las fotos de Lourdes para promocionarlo. Además, he descubierto que sus canciones me inspiran hasta niveles alarmantes, así que acaba de convertirse en música de cabecera para mis ratos de escritura.

Como ya he hablado mucho y aquí de lo que se trata es de música, os dejo con tres de sus canciones, escogidas al azar. Ya me diréis qué os parecen.









If your hands weren't there, like I saw in my dreams
and the poets we made, had all gone, disappeared,
the what else, then what else
could I be?


(No past land)

31 julio, 2009

Un niño prodigio, de Irène Némirovsky

A veces elijo los libros, las películas o las series por detalles más o menos estúpidos. Sobre todo lo hago con los libros. Hay tantos que es difícil elegir, así que a veces lo hago por minucias que otros nunca tienen en cuenta. No siempre sale bien, pero tiendo a tener una suerte increíble. A pesar de haber leído ya algo de Rosa Montero (Historia del rey transparente, que me encantó), la razón de que leyera Instrucciones para salvar el mundo no fue otra que su maravillosa portada. El guardián del centeno se ganó un hueco en mi estantería por esa leyenda negra que tiene detrás y que yo conocí gracias a mi profesora de música. Si leí Orgullo y prejuicio fue porque el protagonista de aquella miniserie de la BBC (algún día daré opinión sobre las mil y una versiones de ese libro) de 1996 no era otro que mi por entonces adorado Colin Firth. Estos tres libros se encuentran, con algunos otros, entre mis favoritos.

Con Un niño prodigio me pasó algo parecido. Una bloguera a la que nunca he llegado a hablar mencionó (y dedicó bastantes párrafos a ensalzar) a Irène Némirovsky en una de sus entradas, y me quedé prendada del nombre. Sí, del nombre de la autora. La verdad es que el del libro mencionado (Suite francesa) también picó mi curiosidad, pero fue su nombre el que me decidió a probar alguna de sus novelas. No preguntéis la razón, creo que ni yo misma lo sé, pero ya he comentado que en ocasiones estas corazonadas me dan más suerte de la que merezco, así que se merecía una oportunidad.

En las tabernas de un puerto del Mar Negro, Ismael, un niño prodigio, canta los dolores y las alegrías de los miserables y los excluídos. Su talento precoz fascina a un poeta venido a menos que le introducirá en la corte de la 'princesa'. Ismael se convertirá en el juguete de esa caprichosa mujer y conocerá el lujo de la sociedad aristocrática. Pero los mismos que le mimaban y aclamaban, lo abandonarán muy pronto a un trágico destino.

Quizás llamarla novela sea exagerar un tanto. Es más bien una novela corta, si nos guiamos por el número de páginas, o un cuento, si lo hacemos por la historia en sí. La vida de Ismael Baruch es la historia mil veces contadas del éxito repentino y el fracaso al que en ocasiones lleva y, sin embargo, consigue capturar una vez más al lector. Está escrita con mucho cuidado y de una forma muy elegante, como un relato algo más largo de lo normal, pero que a la que escribe se le ha hecho un poco corto.

Sin embargo, no todo es perfecto, y aunque me encanta el estilo y la sensibilidad que muestra la autora, y es estupendo para un viajecito en tren (se lee enseguida), esos detalles ni me hacen olvidar lo tópico del argumento ni hacen que pase por alto que se pasa por la historia un poco de puntillas, sin profundizar mucho ni en el personaje ni en su historia, que es lo que para mí le quita bastantes puntos. Así ocurre lo que ocurre, que me he quedado con la sensación de haber leído una historia bonita, pero que hubiera podido ser mucho mejor de lo que ya es.

Quizás le dé otra oportunidad a la autora (con la ya mencionada Suite francesa, probablemente) o quizás no, pero a pesar de que no ha cumplido las expectativas que aquella bloguera creó en mí con su comentario, no me arrepiento en absoluto de haber leído Un niño prodigio, aunque tampoco me anime a recomendarlo en voz muy alta.

ps. Al final me animé, gracias a bydiox, con la serie True Blood (que ahora leo que acaban de renovarla para una tercera temporada), y tengo que dejar el link a la créditos de inicio de la serie (encontraréis el making of de los mismos aquí), porque no sólo me parecen de los mejores que he visto últimamente en tv, sino que me he enamorado perdidamente de la canción (Bad things, de Jace Everett, por si interesa a alguien). Sobra decir que ya me he puesto al día con la serie y espero ansiosa el próximo capítulo.