Me enamoré de ella antes de saber lo que era el amor. Un día apareció ella, con su imagen congelada en el tiempo, una sonrisa eterna y una mirada que nunca se haría mayor. Encontré la foto en el desván, entre cajas de vestidos apolillados y juguetes rotos de niños que ya hacía tiempo que habían dejado de serlo. Se coló en mi vida de repente, y nunca más se fue. Su imagen empezó a perseguirme, era como si de repente la llevara a todas partes. A veces creía verla, en la otra cera o a través de las ventanas del instituto. El mismo vestido blanco de la foto, el mismo cabello ondulado, el mismo rostro redondeado. Levantaba la vista, y allí estaba. Sólo tenía ojos para ella.
Miraba la foto antes de dormir. La colgué sobre la cama. Solía soñar con ella. Eran sueños agradables, donde ella me tomaba de la mano y me enseñaba el mundo. A veces nos sentábamos al borde de un acantilado, viendo cómo muchos metros más abajo las olas golpeaban furiosas las rocas que nos sostenían. Otras veces paseábamos por el campo, flores por todas partes, silencio, un avión cruzando el cielo y el sol sumergiéndose a lo lejos. Leía demasiadas novelas, supongo, y de ahí saqué todas aquellas ideas.
Tardé tiempo en decidirme a averiguar su nombre. Había algo del anonimato que me gustaba. A veces le ponía nombres, pero ninguno de ellos duró mucho. La llamé Marina, Daniela, Rebecca. Cuando lo hacía, escribía el nombre junto al mío. Mis libretas se llenaban durante un par de días de corazones con aquellos nombres. Luego decidía que el nombre no le hacía justicia, que no era suficiente, y durante un tiempo ella era sólo la chica de la foto. Luego elegía otro, y la historia se repetía. Mi madre solía decir que yo era demasiado enamoradizo y yo jamás lo desmentí.
La investiagación fue inútil. No tenía muchos medios para hacerla, y acabé rindiéndome. Volví a rendirle pleitesía en el anonimato. Tuvo otros muchos nombres después de aquellos meses de búsqueda. Lucía, Paola, Fátima. Ninguno era suficiente, nada era suficiente. Ella era mi diosa, mi ideal de belleza y perfección, el amuleto secreto de un niño un poco gordito, un poco feo, que temía ser humillado por las niñas que realmente podían verlo. Cuando mis compañeros empezaban a fijarse en las chicas, yo seguía encerrado en su foto, como si me hubiera capturado para siempre y le perteneciese.
Lo intenté, no obstante. Con el tiempo. Al fin y al cabo, eran bonitas. Una seran rubias y espigadas, otras pelirrojas y pecosas. También morenas y bajitas. Algunas rellenitas y otras más huesudas. Todas tenían un cierto encanto, a su modo. Hoyuelos, miradas chispeantes, risas que parecían poder cambiar el mundo. Pero ninguna era ella, no importaba cuánto la buscara. Porque la buscaba. Buscaba en otros rostros su sonrisa perfecta, su tez impecable. Buscaba los ojos grandes, rodeados de largas pestañas. Buscaba la melena ondulada y hasta las cejas perfectamente delineadas, pero jamás la encontré. Siempre volvía a ella, la chica de la foto, la chica sin nombre. Hasta que un día, dejé de volver. No fue premeditado, pero ocurrió. Coincidió con mi llegada a la universidad.
Llegué allí con mis maletas repletas de libros, ropa y discos, pensando en comerme el mundo y sin haber besado jamás a una mujer, pero dejé atrás la foto. La olvidé. Pensé en volver a buscarla, pero no sabía qué excusa dar. ¿Cómo explicar a mis padres que volvía para llevarme una foto de una mujer que nunca había conocido, de una mujer cuya belleza me había perseguido durante siete años? Fue doloroso. La echaba de menos a cada momento. Se había convertido en mi seguro, mi salvavidas, y de pronto estaba demasiado lejos. Temía olvidar sus rasgos, así que empecé a dibujarla. Primero en mi cabeza, sobre cada rostro ajeno. Luego sobre papel, siempre fallando. Olvidé que estaba allí para estudiar, pasé las noches dibujando y evocándola. Con el tiempo mis dibujos mejoraron e incluso llegué a plantearme abandonar la carrera de derecho por aquello, pero nunca reuní el valor necesario.
Con el tiempo aquello acabó. Los dibujos, las noches en vela imaginándomela, que la idea de volver a por la foto revoloteara constantemente en mi cabeza. No fue de un momento a otro, sino con el pasar de los meses. En un momento de lucidez, o quizás de locura, decidí que ya era suficiente y, por alguna razón, mi mente obedeció. Los rasgos se difuminaron, los sueños cesaron. Al principio me resistía, quería aferrarme a ellos, recuperarlos a cada instante. Luego los dejé marchar. Se me escurrieron entre los dedos y tardé mucho en darme cuenta de que era lo que necesitaba. Los días se hicieron eternos al princpio. Grises, siempre lluviosos en mi cabeza. Luego el sol brilló. La primavera llegó y me contagió su carácter alegre. Toda la gente pareció hacerlo. De pronto el mundo no parecía hostil. Ya no me odiaba, no me humillaba ni abría sus garras para engullirme. Me encontré a mí mismo dispuesto a nadar sin salvavidas en aquel mundo, y aquello me llenó de felicidad, me contagió una locura que jamás creí tener..
Leonor (ése fue su último nombre, antes de que su sonrisa se me olvidara para siempre) quedó guardada en un cajón de la memoria. Sonrisa, peinado, mirada perfecta. Blanco y negro, una fecha cincuenta años atrás. A veces, al volver a casa los veranos, pensaba en ella. Puede que alguna vez la buscara en la calle, en aquellas universitarias que me cruzaba, que de repente me sonreían al pasar, con una segunda intención oculta tras miradas inocentes, pero ya no estaba siempre allí. Encontré amigos, conocí a Miranda, acabé mi carrera, nos casamos, tuvimos dos hijos. El mundo siguió girando mientras su foto seguía desaparecida.
Un día me reencontré con ella. No con la foto, la foto jamás volvió. No sé qué pasó con ella, quizás mi madre la encontrara y acabara en la basura, entre el periódico del día anterior y los restos de algún juguete destrozado por alguna de mis hermanas. Pero me reencontré. Por alguna razón que ahora soy incapaz de recordar, me encontré rodeado de antiguos periódicos. Periódicos llenos de polvo, envejecidos, casi destrozados por el tiempo. Revisé aquellas páginas buscando cierta información, y acabé encontrándola a ella.
La sorpresa fue demasiado grande. La clase de sorpresa que te deja sin respiración un segundo. Era la misma foto, exactamente la misma foto. Misma sonrisa, misma mirada, misma pose. Quedé prendado de ella unos segundos, redefeniendo la imagen en mi mente, tantos años después. Era un anuncio de una bebida y abajo tenía un pie de foto. Abajo estaba su nombre. Me di cuenta en aquel instante. La historia no había sido cerrada. Aparcada, tal vez, en algún lugar distante de mi memoria, pero no cerrada. Seguía abierta, y necesitaba su nombre para ser cerrada. Por eso no lo miré. Arranqué el pie de foto y lo lancé a un lado. Me llevé la imagen aún sabiendo que podía arrepentirme de ello. Aquella foto me había acompañado toda la vida y lo haría el resto de ella.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que una parte de mí nunca quiso cerrar aquella historia, y por eso aquella historia se alza ahora ante mi, enmarcada en una pared por lo demás desierta. Inmóvil, fría, eterna, pero siempre hermosa, y siempre una obsesión. ¿Hoy? Hoy se llama Helena, mañana quizás sea Inés, siempre será bella.
ps. Raquel intentando reconciliarse con sus Musas, que decidieron ponerse en fuga al notar que las ignoraba para prestar más atención a unos cuantos libros de texto. Creo que aún siguen un poco molestas, porque no me convence el resultado. Pero, por alguna razón, siempre he querido escribir esta historia, la historia de una obsesión cuyo protagonista decide conservar. Como yo con la escritura.
Miraba la foto antes de dormir. La colgué sobre la cama. Solía soñar con ella. Eran sueños agradables, donde ella me tomaba de la mano y me enseñaba el mundo. A veces nos sentábamos al borde de un acantilado, viendo cómo muchos metros más abajo las olas golpeaban furiosas las rocas que nos sostenían. Otras veces paseábamos por el campo, flores por todas partes, silencio, un avión cruzando el cielo y el sol sumergiéndose a lo lejos. Leía demasiadas novelas, supongo, y de ahí saqué todas aquellas ideas.
Tardé tiempo en decidirme a averiguar su nombre. Había algo del anonimato que me gustaba. A veces le ponía nombres, pero ninguno de ellos duró mucho. La llamé Marina, Daniela, Rebecca. Cuando lo hacía, escribía el nombre junto al mío. Mis libretas se llenaban durante un par de días de corazones con aquellos nombres. Luego decidía que el nombre no le hacía justicia, que no era suficiente, y durante un tiempo ella era sólo la chica de la foto. Luego elegía otro, y la historia se repetía. Mi madre solía decir que yo era demasiado enamoradizo y yo jamás lo desmentí.
La investiagación fue inútil. No tenía muchos medios para hacerla, y acabé rindiéndome. Volví a rendirle pleitesía en el anonimato. Tuvo otros muchos nombres después de aquellos meses de búsqueda. Lucía, Paola, Fátima. Ninguno era suficiente, nada era suficiente. Ella era mi diosa, mi ideal de belleza y perfección, el amuleto secreto de un niño un poco gordito, un poco feo, que temía ser humillado por las niñas que realmente podían verlo. Cuando mis compañeros empezaban a fijarse en las chicas, yo seguía encerrado en su foto, como si me hubiera capturado para siempre y le perteneciese.
Lo intenté, no obstante. Con el tiempo. Al fin y al cabo, eran bonitas. Una seran rubias y espigadas, otras pelirrojas y pecosas. También morenas y bajitas. Algunas rellenitas y otras más huesudas. Todas tenían un cierto encanto, a su modo. Hoyuelos, miradas chispeantes, risas que parecían poder cambiar el mundo. Pero ninguna era ella, no importaba cuánto la buscara. Porque la buscaba. Buscaba en otros rostros su sonrisa perfecta, su tez impecable. Buscaba los ojos grandes, rodeados de largas pestañas. Buscaba la melena ondulada y hasta las cejas perfectamente delineadas, pero jamás la encontré. Siempre volvía a ella, la chica de la foto, la chica sin nombre. Hasta que un día, dejé de volver. No fue premeditado, pero ocurrió. Coincidió con mi llegada a la universidad.
Llegué allí con mis maletas repletas de libros, ropa y discos, pensando en comerme el mundo y sin haber besado jamás a una mujer, pero dejé atrás la foto. La olvidé. Pensé en volver a buscarla, pero no sabía qué excusa dar. ¿Cómo explicar a mis padres que volvía para llevarme una foto de una mujer que nunca había conocido, de una mujer cuya belleza me había perseguido durante siete años? Fue doloroso. La echaba de menos a cada momento. Se había convertido en mi seguro, mi salvavidas, y de pronto estaba demasiado lejos. Temía olvidar sus rasgos, así que empecé a dibujarla. Primero en mi cabeza, sobre cada rostro ajeno. Luego sobre papel, siempre fallando. Olvidé que estaba allí para estudiar, pasé las noches dibujando y evocándola. Con el tiempo mis dibujos mejoraron e incluso llegué a plantearme abandonar la carrera de derecho por aquello, pero nunca reuní el valor necesario.
Con el tiempo aquello acabó. Los dibujos, las noches en vela imaginándomela, que la idea de volver a por la foto revoloteara constantemente en mi cabeza. No fue de un momento a otro, sino con el pasar de los meses. En un momento de lucidez, o quizás de locura, decidí que ya era suficiente y, por alguna razón, mi mente obedeció. Los rasgos se difuminaron, los sueños cesaron. Al principio me resistía, quería aferrarme a ellos, recuperarlos a cada instante. Luego los dejé marchar. Se me escurrieron entre los dedos y tardé mucho en darme cuenta de que era lo que necesitaba. Los días se hicieron eternos al princpio. Grises, siempre lluviosos en mi cabeza. Luego el sol brilló. La primavera llegó y me contagió su carácter alegre. Toda la gente pareció hacerlo. De pronto el mundo no parecía hostil. Ya no me odiaba, no me humillaba ni abría sus garras para engullirme. Me encontré a mí mismo dispuesto a nadar sin salvavidas en aquel mundo, y aquello me llenó de felicidad, me contagió una locura que jamás creí tener..
Leonor (ése fue su último nombre, antes de que su sonrisa se me olvidara para siempre) quedó guardada en un cajón de la memoria. Sonrisa, peinado, mirada perfecta. Blanco y negro, una fecha cincuenta años atrás. A veces, al volver a casa los veranos, pensaba en ella. Puede que alguna vez la buscara en la calle, en aquellas universitarias que me cruzaba, que de repente me sonreían al pasar, con una segunda intención oculta tras miradas inocentes, pero ya no estaba siempre allí. Encontré amigos, conocí a Miranda, acabé mi carrera, nos casamos, tuvimos dos hijos. El mundo siguió girando mientras su foto seguía desaparecida.
Un día me reencontré con ella. No con la foto, la foto jamás volvió. No sé qué pasó con ella, quizás mi madre la encontrara y acabara en la basura, entre el periódico del día anterior y los restos de algún juguete destrozado por alguna de mis hermanas. Pero me reencontré. Por alguna razón que ahora soy incapaz de recordar, me encontré rodeado de antiguos periódicos. Periódicos llenos de polvo, envejecidos, casi destrozados por el tiempo. Revisé aquellas páginas buscando cierta información, y acabé encontrándola a ella.
La sorpresa fue demasiado grande. La clase de sorpresa que te deja sin respiración un segundo. Era la misma foto, exactamente la misma foto. Misma sonrisa, misma mirada, misma pose. Quedé prendado de ella unos segundos, redefeniendo la imagen en mi mente, tantos años después. Era un anuncio de una bebida y abajo tenía un pie de foto. Abajo estaba su nombre. Me di cuenta en aquel instante. La historia no había sido cerrada. Aparcada, tal vez, en algún lugar distante de mi memoria, pero no cerrada. Seguía abierta, y necesitaba su nombre para ser cerrada. Por eso no lo miré. Arranqué el pie de foto y lo lancé a un lado. Me llevé la imagen aún sabiendo que podía arrepentirme de ello. Aquella foto me había acompañado toda la vida y lo haría el resto de ella.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que una parte de mí nunca quiso cerrar aquella historia, y por eso aquella historia se alza ahora ante mi, enmarcada en una pared por lo demás desierta. Inmóvil, fría, eterna, pero siempre hermosa, y siempre una obsesión. ¿Hoy? Hoy se llama Helena, mañana quizás sea Inés, siempre será bella.
ps. Raquel intentando reconciliarse con sus Musas, que decidieron ponerse en fuga al notar que las ignoraba para prestar más atención a unos cuantos libros de texto. Creo que aún siguen un poco molestas, porque no me convence el resultado. Pero, por alguna razón, siempre he querido escribir esta historia, la historia de una obsesión cuyo protagonista decide conservar. Como yo con la escritura.



4 comentarios:
Me gusta el comienzo y me encanta la idea. Hay algo que se te escapó, la musa se te escurrió entre los dedos hacia el final. No sé si es un exceso de texto o una decaída en la narración.
Como pequeo apunte, yo borraría en el párrafo 7 (si no he contado mal) a partir de la primera frase y lo uniría al siguiente. Esto más que nada porque me he tomado la licencia de aportar ideas.
Espero que no te haya molestado la opinión, ya sabes que me encantan tus textos. Espero que te animes algún día con algunos concursitos de relatos que hay por la blogosfera.
Me gusta la idea. Me recuerda a una fotito de Edward Furlong que llevaba en la cartera cuando era preadolescente... pero claro, de él sabía el nombre.
En fin, no sé, mola encontrar gente creativa de Logroño por esta cosa de la blogosferia
A mí también me ha gustado el texto. Es cierto que las musas podrían ayudarte a pulirlo, pero la idea está muy bien conseguida, y mantienes el ritmo en prácticamente toda la narración.
Me alegra que las musas vuelvan a imponerse. A ver si las mías me salen al encuentro también, jejeje.
¡Nos leemos!
@Elwen Claro que no molesta. Esta clase de aportes son más que bienvenidos, creo que un poco la causa de que suba todo esto aquí (en mi ordenador, nadie va a criticar nada). Es cierto que decae conforme van pasando los párrafos, sí. Supongo que la Musa se cansó de mí, o yo de ella, o no sé. Algún día quizás retome la idea de otra forma, con otros personajes o algo, e intente hacer algo distinto, porque me fastidia un poco que esto no haya salido como yo quería. Al menos me alegra saber que no ha salido tan mal como parecía que iba a terminar en un principio.
¿Concursos en la blogosfera? Tendrás que contarme algo de eso, porque no estaba al tanto C:
@Awixumayita Creo que eso nos ha pasado un poco a todos xD, antes o después. Yo tenía una foto de James Dean (oh, qué original) que me encantaba mirar, antes de ver ninguna de sus películas ni nada parecido.
Y sí, la verdad es que, por una razón u otra, no suelo encontrar mucha gente de Logroño por aquí (excepto gente que ya conocía) así que es genial. Le he echado un ojo a tu blog, y quizás me veas por allí a menudo, porque lo que he visto me ha gustado mucho.
@Homo libris Gracias. Sí, podían colaborar un poco en ese aspecto, pero llegado el punto en que me hallaba (dichosos bloqueos, deberían estar prohibidos por ley) mi intención era intentar plasmar bien la idea (y conseguir terminarlo, lo cual siempre suele llevarme a romper los bloqueos), así que me alegro de haber conseguido al menos eso.
Espero que tus musas vuelvan también.
Un saludo :)
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